sábado, 14 de octubre de 2017

cuarteto para cuerda no. 14 "La Muerte y la Doncella" Cuarteto CHROMA


LOS COMISIONADOS. Versión del 28 de enero 18. 28/1/18
Eran más de doce. No voy a decir el número exacto dado que un temor a la cábala y sus datos numéricos se ha ido apoderando de mi espíritu,  pero es menester dejar constancia que esto no me disminuye frente a mis obligaciones, pero desde ya  y está a la vista, prefiero evitar decirlo.  Trabajaban de manera discontinua, pero eso sí, cumplían con matemática estrictez sus horarios.

Debían desentrañar, entre otras acciones, las incumbencias de los títulos que presentaban los aspirantes a ingresar al “círculo”. Voy a dejar aclarado desde este inicio, que el “círculo” es una metáfora dedicada a aquello que siendo un sistema o algo similar, es aspiración de muchos ingresar en él.


El “circulo” representaba un modelo a seguir. Sus múltiples cuerpos normativos, sus emparches jurídicos, sus asesoramientos impracticables, sus remotas alegorías de tiempos felices, y digo alegorías porque solo una lectura ingenua podía contenerlas y admitirlas, sus espacios multiplicados en labores pero no en volumen, en fin sus contradicciones irrebatibles al más iniciado observador, lo constituían como una especie de ámbito monárquico repleto de cortesanos y de indigentes que vagaban por sus innominados pasillos entrecruzados, transversales, anchos como ensenadas y angostos como desfiladeros.
Los comisionados eran parte de esa intrincada red de asociaciones donde convergían los saberes del mundo. En sus manos estaba la clave de definir el alcance de los saberes particulares de los aspirantes. Entiéndase que eran análisis de tipo teórico, no eran exámenes sobre los conocimientos prácticos que deberían una vez ingresados al “circulo”, desarrollar.
A veces, su tarea se veía entrecortada por razones ajenas al análisis de los casos. Una declaración gremial, una impronta eléctrica, una llegada inesperada de algún aspirante rabioso con la calificación recibida de su título, incluso una fuerte tormenta tal como la que acaeció una tarde sofocante de febrero, podía detener la delicada y sofisticada  maquinaria humana y artesanal de análisis de incumbencias de títulos.
Tenían asimismo momentos de descanso. Momentos de plenitud espiritual y meditación. También de regocijo en banquetes que animaban sus mediodías.
Nunca supieron a ciencia cierta quién los había comisionado para su tarea que en síntesis era propia de un organismo público de carácter técnico. Eran personajes muy ajenos a ese núcleo de entendidos los que tenían la potestad de nombrarlos a través de un bando.
Tampoco reconocían jefes inmediatos, ni recibían inspecciones o auditorías. Se hallaban en un espacio apto para sus labores en cuanto a metraje y recursos burocráticos, este término entendido como los elementos físicos para desarrollar sus quehaceres y sin menosprecio alguno a tan excelsa función. Sería impropio de la ciencia del derecho administrativo o de sus más elementales principios, determinar su naturaleza como un ente autónomo. Tampoco podría alcanzarlos la ponderosada definición de autarquía,  sin embargo, en lo que hace a ciertas cuestiones usufructuaban los beneficios de esta doctrina, sin ser por ello seguidores de la refutación del término que hace Sayagués Laso, pero tal uso, no era objeto de debate interno ni de reclamo alguno al jerarca del “circulo”. Pues, aunque no lo conocían en persona, tenían una enorme carga afectiva favorable hacía éste, por ende sin llegar a la genuflexión, solían venerar su imagen fotográfica siempre presente en el salón de trabajo grupal y mencionarlo por su nombre como en una gran familia. Entre ellos no existían jerarquías o roles encumbrados. Era una verdadera cooperativa. Hasta la compra del té verde o de la malta tostada se hacía en aportes comunes, sea que consumieran o no tales brebajes.
Nadie podría decir que sus acciones estuvieran presididas por una  ritualidad pseudo mística compartida. No había en el grupo aspectos, al menos de modo visible, que denunciaran su calidad mística, sin que esto  involucre a sus individualidades. Pero tenían sus rituales de clan. Uno de ellos, el lector advertirá que no he hecho uso de sus nombres ni lo haré en todo este relato, había leído a Kingsley Davis y entendió que la cultura era el elemento distintivo de las sociedades humanas frente a las de los insectos, y en las actas que acompañaban el contenido de sus debates supo hacer mención a tal visión sociológica, cuando frente a un determinado pergamino que ostentaba un saber a cierto aspirante, creyó oportuno reconocer esa diferencia.
Su compenetración a las labores de análisis de títulos era total. Algunos llegaron a pasar días enteros dilucidando la pertinencia de ese parte testimonial que acreditaba conocimientos y sus alcances en cuanto a las ramas de la ciencia que podían abarcar. Hay quienes ponen en duda esta devoción administrativa.
Dicen, y esto es también objeto de fuertes dudas, que un comisionado permaneció en las instalaciones encerrado un fin de semana largo, tomando solo agua y comiendo unas  escasas galletas de arroz, para completar su estudio y emitir dictamen  sobre un complejo título.
Alguien a quien se conocía como un autor plástico de renombre en ciertos ambientes, no voy a revelar tampoco su identidad aunque pueda mi omisión quitar méritos a la obra, hizo un cuadro de amplias dimensiones donde los comisionados estaban expuestos con sus rasgos más salientes. La obra fue expuesta en el salón de trabajo durante años. Pero después de ese prudente tiempo, no fue hallada ni siquiera registrada en los inventarios*.
Su método de trabajo era similar al de los glosadores del derecho Romano de la Universidad de Bologna de la cual Gino de Pistoía, amigo del Dante e inspirador de algún personaje de la Divina Comedia, fue uno de sus mentores y más destacados miembros. Glosar al margen de los Digestos  que contenía los antecedentes de títulos era su forma de trabajo más corriente.
Esto era con lápiz, el uso de birome estaba totalmente prohibido. Una Síntesis secular del tema fue expresada por uno de ellos, que tenía un alto sentimiento laico, pues de igual modo que los glosadores de Bologna, no hacía lugar a ninguna pretensión de perspectiva canónica o eclesiástica en las interpretaciones de los gruesos pergaminos que estaban a su merced para analizar. El debate quedó reflejado en el Acta 283 cuya fecha aparecía incompleta por estar ajada y húmeda la página representada en el folio Ochocientos veinte, pero que reconstituida y observada bajo una poderosa lupa que estaba a disposición de todos, dejaba ver que su fecha era miércoles 27 de abril….. NdA: (nunca se pudo estipular el año), y que hacía mención al debate entre varios miembros de la Comisión sobre la forma en que iba a tratarse el trabajo sobre el Digesto.
Una postura, un tanto cercana a la visión romántica religiosa moralista de Guittone del Viva, quien fue adherente al conceptismo enigmático literario en su adhesión al trovar clus, fomentaba que la perennidad de la glosa requería un recurso estilográfico difícil de percudir, por lo que la extraordinaria invención de Biro, era una excelente forma de establecer tal perennidad. Esta postura tenía rasgos de hermetismo filosofal.

Indicaba que lo trascendente, en esto iba la implicancia religiosa, que resultaba glosar los Digestos debía quedar reflejada de modo indeleble. La alteración de cualquier signo por mínima que fuera, iba a deformar la tarea encomendada, pues los comisionados eran personas que daban trascendencia a los saberes universalmente aceptados.  Asimismo era partidaria la expositora, al revelar su género no hago aproximación alguna a su identidad particular, en efectuar subrayado en tinta de los textos resonantes que definían la glosa, pues tales remarcaciones serían de utilidad al momento de que los futuros analistas de los títulos, heredaran las idea madre que había concebido dar validez o no, a los mismos.
La otra postura era absolutamente laica, e iba de alguna manera relacionada con el objetivo saliente de la Comisión,  que era evitar toda intromisión de aspectos que valoraran la teocracia y el misticismo y que estableciera un orden divino a la materia en análisis. Por ello, consagraba el aspecto laico de la función de los comisionados, era contraria en principio a todo subrayado y a dejar marcas indelebles en los textos. Toda mención debía glosarse en nota marginal al texto que fuere en lápiz negro con el aditamento de la fecha con dos dígitos para cada entidad de días, meses y años. Se basaba en la idea que dejar marcas indelebles era una forma de condicionar a los futuros comisionados. Esta postura parecía ser la idea de alguien que no deseaba trascendencia alguna en sus labores, llegando incluso a pretender que cada comisionado tuviera un símbolo con el cual destacar su intervención, sin que figurara de modo alguno su nombre explícitamente indicado.
Este debate fue arduo. Fue tal vez, y esto es una deducción personal, una de las pocas ocasiones en que el plano místico intento asomar su supuesta inocencia religiosa en la Comisión.
Prosperó no sólo la segunda postura sino que cada integrante debía escoger un seudónimo para dejar constancia de su intervención, agotando de ese modo la perversa manía del personalismo acendrado que padecían los que impulsados por un sentimiento de trascendencia a su gestión querían incluir en las funciones de la Comisión.
También se declaró la necesidad de quitar los crucifijos y las leyendas que en las carteleras aludieran a un poder ajeno al que la las leyes de los hombres intentaban imponer en la Sociedad. Expresiones infantiles como “Sonríe. Dios te Ama” ó “Toda obra es para El Señor”, debieron ser retiradas por quienes las habían puesto. En uno de los baños apareció escrita en birome, lo cual delataba cierto origen y autoría, una expresión que se le atribuía a la Madre Teresa de Calcuta. “Al final todo es y será entre tú y Dios. Nunca fue entre tú y ellos”. Nadie cuestionó tal forma de expresión pero la misma fue borrada en los días posteriores.
Solo se permitían algunas expresiones menores, es decir, cierta fraseología algo pagana, en la cual el Estado se convertía en el Creador de todo lo existente. Incluso denostaban a Hans Kelsen quien creía que habría sido un usurpador quien dictó la primera Constitución a la cual ubicaba en la cima de la pirámide jurídica había que respetar y desde la cual en su consecuencia se dictaban las siguientes normas inferiores. Entendían que el Estado Benefactor era formado por un individuo benefactor. Tal posición era inefable. Tanto como lo era el Estado, concebido como un  dios del más elemental paganismo. Esta postura estaba cimentada en la pragmática esencia de su propio sustento. Puesto que era el Estado más allá de los funcionarios de turno, quien mantenía sus hogares con sueldos no suntuarios pero si holgados.
¡Me entrego a quien me da de comer!!! Podría ser la canina mirada de aquellos que estaban enrolados en la postura triunfante.
Fueron de esa forma, generando sus propias defensas frente al mundo que los envolvía.  Apagadas las luces de la fe, y cerradas las ventanas por las que Dios mira las almas, tal como el gran poeta ciego dice sobre “Un Patio”, se generó  un oscuro apagón de toda luminaria que engrandeciera su obra, ésta fue pereciendo y haciéndose gris. Las horas pasaban como simples conteos y las glosas denotaban una pérdida de toda búsqueda de propósitos trascendentes a su tarea.
Los aspirantes dejaron de llevar sus títulos en parte porque no creían en los comisionados pero por encima de tal catástrofe a sus principios funcionales, el “círculo” se fue haciendo hermético. Los que estaban dentro no querían ingresos y los que estaban fuera se despojaban del deseo de ingresar.
Dicen los analistas de los filósofos sobre el principio de razón suficiente, o debería aclarar  que Pérez Gómez dice, que Leibniz sustenta su pensar enrolado en el racionalismo en dos principios esgrimidos en sus escritos, tanto en Théodicée como en su  Monadología,:  que el orden existente en el mundo es una «armonía preestablecida por Dios» y la libertad aparente del hombre es una acción inmanente de las mónadas.
Los comisionados cayeron en la vertiginosa grieta que separa lo físico de lo metafísico. Estuvieron fuera del mundo irreal pero ciertamente existente en la composición humana que es la fe y sus efectos sobre las personas y cosas. No creyeron en las mónadas de Leibniz como instrumentos que dan razón y fuerza a las cosas.
Enmohecidos y anquilosados sus cuerpos y sus espíritus, llegaron una mañana a su sede administrativa y encontraron una Resolución pegada en la puerta. La misma estaba firmada por un ignoto nuevo funcionario de la nueva gestión del nuevo gobierno de un prometido nuevo país. La Comisión de Títulos había sido disuelta y sus miembros debían retornar a sus puestos originarios en apagados contextos académicos. Se abrazaron todos con todos. Se dijeron frases de rigor. Alguno intento convocar a un encuentro mensual. Pero nada quedó de todo eso. Su salón fue ocupado por una feria americana y algunos de sus textos aparecieron mezclados con distintos desperdicios en dos contenedores en la esquina de la Avenida Paseo Colón y Brasil. Enfrente está el vistoso parque Lezama. Y por la calle Brasil una peculiar edificación que es sede de una Iglesia Ortodoxa cristiana. En su pared  externa, en la parte inferior bajo la reja, se podía leer en ese entonces una frase en francés que he procedido a traducir, a la que no me atrevo a darle pertenencia bíblica pero que podría tenerla: “Dios provee todo aquello en lo que los hombres fallan.”(Dieu fournit tout dans lequel les hommes échouent)
*El cuadro apareció muchos años después del cierre de las oficinas en una casa de antigüedades en una galería de la calle Defensa antes de llegar a Independencia y pude adquirirlo.








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