TOWER HAMLETS.
Era una costumbre propia de cada sábado, durante mi forzada
estadía en Londres, ir a sentarme bajo la piadosa sombra de los árboles
del cementerio local de Tower Hamlets.
Su paz natural, su notable foresta, su aspecto de campiña inglesa, me permitían
fluir en medio de ánimas y entes fantasmales, que hacían de curiosos
anfitriones de la llegada de los mortales, entre los que era yo un asiduo y por
ende conocido concurrente. Solía llevar un libro de Chesterton al que leía con
devoción sus tan bien armados relatos sobre el curioso personaje del
Padre Brown. “The little priest was the very essence of
those Eastern plains; It had a round, dull face like a Norfolk fritter; His
eyes were as empty as the North Sea, and he carried several packets of brown
paper that he could not keep together. "The
Blue Cross.(1) (N. del T: El pequeño sacerdote era la esencia
misma de aquellas llanuras Orientales; tenía una cara redonda y embotada como
un buñuelo de Norfolk; tenía unos ojos tan vacíos como el Mar del Norte, y llevaba
varios paquetes de papel de estraza que no conseguía mantener
juntos.” )
Entrecerraba los ojos y pensaba en ese hombre de considerable altura y
más considerable talento, jovialidad y
buen ánimo, e imaginaba que debía deambular entre las tumbas de ese campo
santo. MI obligada permanencia en
Londres, a esa altura, era cuestión de días. Mi labor estaba casi concluida y
solo debía esperar que los correctores de mi obra, concluyeran sus
observaciones y yo pudiera corregir el texto y entregarlo para que el contrato
estuviera cumplido. Sin esa parte, el sinalagma no se habría satisfecho y yo no
hubiera cobrado mis emolumentos. Era imprescindiblemente necesaria
mi partida de esa urbe, a la que Borges llamó "laberinto roto",
para ir a dar una charla a la esplendorosa y tradicional Lisboa, ciudad a la
que había sido invitado con anticipación por mi querido editor y amigo Felipe
Guimaraes da Costa, hombre de letras, muy prudente y sabio, seguidor de
Saramago y con quien teníamos fuertes debates sobre su obra, entre otros el
renombrado Ensayo sobre la ceguera, obra que a mi gusto, poco podía
compararse en calidad con el Informe sobre ciegos de Sábato. Fue entonces
cuando ella apareció. Iba suave y liviana sobre un césped escandalosamente
verde. Pensé que podía tratarse de un espectro, sus rasgos tenues, su blanca
palidez, su inspirado perfil intelectual, cierto ensimismamiento en su andar,
una blusa con lunares azules y un pantalón claro, le daba un aspecto de ángel
perdido en la mañana londinense. Una especie de Diosa Isis buscando el cuerpo
de su esposo en ese terreno que no era el Egipto antiguo pero que por momentos
lo parecía. Hay un momento en que se produce en un hombre la sensación que es
una determinada mujer y no otra la que podría inspirarle sus mejores sueños....Ese
era el momento y esa era la mujer a la que uno podría esperar cien años si
fuera propicio para un encuentro. Seguí con mi mirada sus pasos. Pensé de modo
desordenado como debería llamarse, intenté varios nombres, desde los
castos nombres de mujer de la era victoriana, a los de las rebeldes
mujeres inglesas tales como Virginia Hall, que fue espía en la guerra o Susan
Travers, otra heroína moderna. Supuse que podía ser una bella rebelde inglesa
tradicional como la desnudista lady Godiva del siglo XI.
Su exótica belleza así la demarcaba con un aura exageradamente visible en
ese infrecuente espacio de distensión.
Una mañana de sábado, en medio de un cementerio parque, había encontrado
a una mujer que era un modelo que podía incentivar sin límites mi creatividad.
Ella se detuvo frente a un monolito pétreo, fue como si acariciara esas
letras que denunciaban el nombre de quien yacía bajo su duro epitafio. Me llamó
la atención las dos veces que recorrió con sus dedos finos, blancos, alargados,
la letra E del nombre de la difunta
inscripto en la piedra. El nombre estaba diseñado en caracteres góticos. El año
del deceso, tímidamente partido en su último número, era 1963. A veces,
los muertos hablan. No sé de qué forma, no sé qué secreto modo tienen para
comunicarse, pero hablan con quienes ellos eligen hacerlo. Ella, era una
elegida. Su forma de acariciar las letras de la lápida, fue una forma de llamar
a quien buscaba. En su rostro se dibujo “algo”. “Algo” incierto, digamos que
una mueca parecida a una sonrisa surgió de sus labios. De manera inesperada un
pájaro negro se posó sobre la tumba. Todo comenzó a fluir como si fuera un
sueño. De manera lenta el paisaje fue apagándose, haciéndose de más a menos,
difuso, de verde a gris, la lente de mis ojos solo podía seguir a esa Mujer y a
sus movimientos. El pájaro cantó con enorme suavidad, y con su pequeño pico
golpeó dos veces sobre la piedra dura y cansada de lluvia y sol.
………………En todo momento de una secuencia o dentro un relato hay un punto,
una aproximación interior, que nos emociona interiormente en mayor grado que a
los demás. Ese era mi momento. Pude ver, de manera inverosímil, como una mujer,
mayor, de pelo canoso, bien presentada, de porte muy anglosajón, se plantaba
frente a ella demostrando no solo un conocimiento previo sino una gran alegría
por el encuentro………….
Todo recaía en una inconclusa y morosa mañana en una entre dormida
vigilia de esa primavera londinense. Era un encuentro pactado con alguien del
más allá. Me descubrí espontáneamente de pie. Mi libro se desprendió de mi
mano. No era temor. Juro que no era miedo. Era un éxtasis. Un estado similar al
de acabar de nacer de nuevo. Encontrarme en ese mundo de los muertos, estar
desnudo en la contemplación del infinito de los tiempos. Una vez, escuchando de
manera absolutamente concentrada el cuarto movimiento de la pieza “Der Tod und das Mädchen”,
en
inglés “Death and the Maiden ” (2) (N. del T.: La doncella y la muerte. Schubert,
Franz - String Quartet No. 14 in D minor, D. 810 4to. Mov.[Death and the
Maiden]), de Franz
Schubert, tuve la misma sensación. Fue durante
las exequias de mi tío George quien había dispuesto en su testamento, e incluso
como se había informado en su obituario, sonara esa pieza musical en el
momento del cierre del ataúd para su destino final. Sentí que esa música, que
representaba su esfuerzo por salvar la vida de su joven mujer que había fallecido años atrás,
nos unía fraternalmente a los presentes y que era más que una despedida,
un reencuentro de todos con ambos cónyuges difuntos, pactado vaya a saber
dónde o cuando. Antes de ese evento, una noche de un viernes de junio de
1969, con mi hermano mayor, en una casa de altos, con una cúpula negra, en la
calle José Luis Cantilo, en Villa Devoto, cercana a la vieja estación, visitamos un “médium”.
Era un hombre que en las Medianoches concertaba esos encuentros. Tal era
su profesión o su don. Mi hermano era un científico muy serio y respetado, y
debo decir que aunque esto pueda quitarle algún brillo a su trayectoria en el
mundo de la ciencia, él creía profundamente en esos encuentros. Yo solo atiné a
decirle _ ¡¡Esto es macabro!! Pero
no quiero hablar de eso, porque de todos modos lo acompañé haciendo frente de
manera dudosa, a mi propio miedo. El espectáculo fue inconcebible. Los muertos
desfilaban en una serie indeterminada de individuos, siendo que el “llamador”,
tenía una vela enorme encendida y guiaba la procesión. Durante varias noches no
dormí. Un simple ruido perdido en la madrugada me sobresaltaba. En otra ocasión
mi Padre nos llevó al entierro de un Agente del Decreto que había muerto en un
enfrentamiento. Mientras la pompa fúnebre se desarrollaba en el atrio de la
capilla policial, mi hermano conversaba animadamente con un joven de pelo
cortado al ras en un ala lateral de la galería donde una marcha propicia para
la ocasión, retumbaba cadenciosa y llanamente. Me importunó y estaba seguro que
papá iba a reprenderlo si lo veía. Le hice señas y no parecía darse por
enterado. Solo al retirar el féretro con el cuerpo del ámbito del responso, mi
hermano se despidió del joven y volvió a la ceremonia y más que exaltado
dijo: _ ¡Él está bien. Incluso ya se
despidió de sus familiares. Lamenta no haber vivido más para ver crecer a su
nena de dos meses, pero las cosas han sido así! Mi Padre
ni siquiera tomó como una irreverencia esas expresiones. Yo sí. Pero ahora
estaba a muchos años de aquel suceso acaecido en mi infancia. Ni mi hermano
mayor ni mi Padre vivían. Las sensaciones parecían mezclarse, aquellas
situaciones tan complejas, me llevaron a comprender que había un mundo que
estaba más allá de lo físico. Un mundo metafísico.
Una lápida frente a un inmenso Portal contenía un inequívoco
concepto de ese mundo lateral. Recordaba a Aristóteles en su abstracta idea de
la totalidad y en su vano intento de definir lo inalcanzable
matemáticamente.
Infinity is either what can not be traversed because its nature does not
allow it, just as the voice is
invisible, or else what can only be traversed incompletely, or can hardly be,
or what can not be Limited by its nature. Metaphysics. Aristotle. (3)
(N. del T: Infinito es o bien lo que no puede
ser recorrido porque su naturaleza no lo permite, del mismo modo que la voz es
invisible, o bien lo que sólo puede ser recorrido de manera incompleta, o que
apenas puede serlo, o lo que no puede ser recorrido ni limitado aunque por su
naturaleza pudiera serlo. )
Como mi visión se centró en la escena del encuentro y perdí de
vista la periferia, no pude observar la cantidad de gente que se acercaba
en un nutrido grupo de turistas que iniciaba su paseo por el Tower.
La Chica, observó esa escena y apuró la despedida. Yo volví a recoger mi
libro. No pude establecer a que se debió que las letras de la tapa se habían
vuelto caracteres góticos como los de la lápida. Tampoco pude entender porque
las cuatro letras E del nombre y apellido del autor Gilbert Keith Chesterton, habían tomado relieve. Me recosté a dormitar sobre el tronco del árbol.
Creí sentir que una saliva densa y blancuzca iba escurriéndose por la comisura de mi labio derecho.
Alguien acarició mi cabello. Borrosamente la
vi. Era ella. Con su camisa a lunares azules. Con su blanca palidez, con
esa sonrisa de amor soleada, con su cintura de plástico y su pelo negro inmenso
como la noche mil de los cuentos de las Mil y Una Noches. Era ella. Que hablaba
con el timbre de voz similar al canto del pájaro negro que golpeaba la piedra
del muro con su pico afilado. Era ella. Fugaz y transparente como agua sobre
agua salpicándose a sí misma. Era ella.
Me dijo con una inabarcable sabiduría: _¡All things must pass.!
Apenas pude, de modo balbuceante, responder _¡ Nothing escapes the plan of God, which is nothing other than Time flowing
through infinite rails, as is Time itself that encloses our finite and material
flesh!. . (4)( _ ¡Todo debe suceder. ! /
_ ¡Nada escapa al plan de Dios, que no es otra cosa que el Tiempo fluyendo por
rieles infinitos, como es el Tiempo mismo que encierra nuestra carne finita y
material.!)
Tal vez
fue una percepción pero el tiempo se detuvo un instante, pero si hablo de un “instante”,
que no es otra cosa que un espacio de tiempo, nada pudo haberse detenido. El
tiempo y su transcurrir son siempre una sensación de la conciencia y al mismo
tiempo una realidad que nos abarca y domina y está más allá de nuestra comprensión.
Quise besarla de modo tierno y ardiente a la vez.
Supe que si estaba ahí, en un cementerio inglés, era porque la habría esperado
cien años para amarla. Me hizo un gesto, miré detrás de mí. Una lápida
blanca con musgo adherido en sus bordes, delataba su nombre de indudable origen
latino. La foto en blanco y negro de su rostro bellísimo, con su sonrisa perfecta, intentaba adornar el sepulcro. Seguía una frase curiosamente conocida por
ser mi lectura favorita: “Thought of a labyrinth of labyrinths, in a winding labyrinth that Would embrace the past and the future and would involve the stars in some way. Absorbed in these illusory images, I forgot my fate of being persecuted. Me I felt, for an indeterminate time, abstract perceiver of the world.” The Garden of Forking Paths, (5) (N.del T. Pensé en un
laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el
pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. Absorto en esas
ilusorias imágenes, olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un tiempo
indeterminado, percibidor abstracto del mundo.
)
Finalmente la había encontrado.
Ella representaba en datos que estaban más allá de la física, la mecánica
inverosímil del infinito. La imprecisa ficción que consiste en someter a las
cosas a un suceder constante, se había tornado alcanzable para mis sentidos. Y
entonces me quebré en millones de lágrimas errantes como cometas que arrasaban
mis ojos, mis mejillas y mi cuerpo con bestial dolor. Había encontrado el
secreto buscado por todos los hombres durante todos los siglos. Había perforado
el piso del conocimiento y se había abierto el techo de la bóveda celeste, área
del cosmos en la que Dios prestidigitaba nuestro destino. Había alcanzado a la
hora cero del ser, del amor, del dolor, de la vida, de la muerte y de todas las
cosas y no cosas concentradas en
ese espacio sin tiempo, sin palabras,
sin Creador, que es el inconmensurable objeto de estudio de la Cosmogonía: El segundo
previo a que se originara el Universo y se produjera el “Big bang” que lo inició en abierta expansión.
Me dejé sumergir en el líquido amniótico de su vientre como quien vuelve
a ser gestado. Dios hace cosas misteriosas. Ahora ella y Yo, con un nuevo
epitafio, vivimos nuestra preciosa y metafísica eternidad en nuestro Tower Hamlets.-
TRADUCCIÓN Y FUENTE DE LOS
FRAGMENTOS :
(1) El pequeño
sacerdote era la esencia misma de aquellas llanuras Orientales; tenía una cara
redonda y embotada como un buñuelo de Norfolk; tenía unos ojos tan vacíos como
el Mar del Norte, y llevaba varios paquetes de papel de estraza que
no conseguía mantener juntos.” La Cruz Azul. Chesterton.
(2) La doncella y la muerte. Schubert, Franz -
String Quartet No. 14 in D minor, D. 810 [Death and the Maiden]
(3) Infinito es o bien lo que no puede ser
recorrido porque su naturaleza no lo permite, del mismo modo que la voz es
invisible, o bien lo que sólo puede ser recorrido de manera incompleta, o que
apenas puede serlo, o lo que no puede ser recorrido ni limitado aunque por su
naturaleza pudiera serlo. Metafísica.
Aristóteles.
(4) _Todo
debe suceder. / _Nada
escapa al plan de Dios, que no es otra cosa que el Tiempo fluyendo por rieles
infinitos, como es el Tiempo mismo que encierra nuestra carne finita y material. Diálogo del
cuento Tower Hamlets.
(5) Pensé
en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara
el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. Absorto en
esas ilusorias imágenes, olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un
tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El jardín de los senderos que se
bifurcan.” J.L. Borges.