lunes, 16 de octubre de 2017
NOSTALGIAS. (tango en piano)
Quiero emborrachar mi corazón
Para olvidar un loco amor
Que más que amor es un sufrir
Y aquí vengo para eso
A borrar antiguos besos
En los besos de otras bocas
Si su amor fue flor de un día
Por que causa es siempre mía
Esta cruel preocupación
Quiero, por los dos, mi copa alzar
Para olvidar mi obstinación
Y más la vuelvo a recordar
Nostalgias
De escuchar su risa loca
Y sentir junto a mi boca
Como un fuego su respiración
Angustias
De sentirme abandonado
Y sentir que otro a su lado
Pronto, pronto le hablará de amor
Hermano
Yo no quiero rebajarme
Ni pedirle, ni rogarle
Ni decirle que no puedo más vivir
Desde mi triste soledad
Veré caer las rosas muertas
De mi juventud
Gime, bando-neón tu tango gris
Quizás a ti te hiera igual
Algún amor sentimental
Llora mi alma de fantoche
Sola y triste en esta noche
Noche negra y sin estrellas
Si las copas traen consuelo
Aquí estoy con mi desvelo
Para ahogarlo de una vez
Quiero emborrachar al corazón
Para después poder brindar
Por los fracasos del amor
sábado, 14 de octubre de 2017
cuarteto para cuerda no. 14 "La Muerte y la Doncella" Cuarteto CHROMA
LOS COMISIONADOS. Versión del 28 de enero 18. 28/1/18
Eran más de doce. No voy a decir
el número exacto dado que un temor a la cábala y sus datos numéricos se ha ido
apoderando de mi espíritu, pero es
menester dejar constancia que esto no me disminuye frente a mis obligaciones,
pero desde ya y está a la vista,
prefiero evitar decirlo. Trabajaban de
manera discontinua, pero eso sí, cumplían con matemática estrictez sus
horarios.
Debían desentrañar, entre otras
acciones, las incumbencias de los títulos que presentaban los aspirantes a
ingresar al “círculo”. Voy a dejar aclarado desde este inicio, que el “círculo”
es una metáfora dedicada a aquello que siendo un sistema o algo similar, es
aspiración de muchos ingresar en él.
El “circulo” representaba un
modelo a seguir. Sus múltiples cuerpos normativos, sus emparches jurídicos, sus
asesoramientos impracticables, sus remotas alegorías de tiempos felices, y digo
alegorías porque solo una lectura ingenua podía contenerlas y admitirlas, sus
espacios multiplicados en labores pero no en volumen, en fin sus contradicciones
irrebatibles al más iniciado observador, lo constituían como una especie de
ámbito monárquico repleto de cortesanos y de indigentes que vagaban por sus
innominados pasillos entrecruzados, transversales, anchos como ensenadas y
angostos como desfiladeros.
Los comisionados eran parte de
esa intrincada red de asociaciones donde convergían los saberes del mundo. En
sus manos estaba la clave de definir el alcance de los saberes particulares de
los aspirantes. Entiéndase que eran análisis de tipo teórico, no eran exámenes
sobre los conocimientos prácticos que deberían una vez ingresados al “circulo”,
desarrollar.
A veces, su tarea se veía
entrecortada por razones ajenas al análisis de los casos. Una declaración
gremial, una impronta eléctrica, una llegada inesperada de algún aspirante
rabioso con la calificación recibida de su título, incluso una fuerte tormenta
tal como la que acaeció una tarde sofocante de febrero, podía detener la
delicada y sofisticada maquinaria humana
y artesanal de análisis de incumbencias de títulos.
Tenían asimismo momentos de
descanso. Momentos de plenitud espiritual y meditación. También de regocijo en
banquetes que animaban sus mediodías.
Nunca supieron a ciencia cierta
quién los había comisionado para su tarea que en síntesis era propia de un
organismo público de carácter técnico. Eran personajes muy ajenos a ese núcleo
de entendidos los que tenían la potestad de nombrarlos a través de un bando.
Tampoco reconocían jefes
inmediatos, ni recibían inspecciones o auditorías. Se hallaban en un espacio
apto para sus labores en cuanto a metraje y recursos burocráticos, este término
entendido como los elementos físicos para desarrollar sus quehaceres y sin
menosprecio alguno a tan excelsa función. Sería impropio de la ciencia del derecho
administrativo o de sus más elementales principios, determinar su naturaleza
como un ente autónomo. Tampoco podría alcanzarlos la ponderosada definición de
autarquía, sin embargo, en lo que hace a
ciertas cuestiones usufructuaban los beneficios de esta doctrina, sin ser por
ello seguidores de la refutación del término que hace Sayagués Laso, pero tal
uso, no era objeto de debate interno ni de reclamo alguno al jerarca del
“circulo”. Pues, aunque no lo conocían en persona, tenían una enorme carga
afectiva favorable hacía éste, por ende sin llegar a la genuflexión, solían
venerar su imagen fotográfica siempre presente en el salón de trabajo grupal y
mencionarlo por su nombre como en una gran familia. Entre ellos no existían
jerarquías o roles encumbrados. Era una verdadera cooperativa. Hasta la compra
del té verde o de la malta tostada se hacía en aportes comunes, sea que
consumieran o no tales brebajes.
Nadie podría decir que sus
acciones estuvieran presididas por una
ritualidad pseudo mística compartida. No había en el grupo aspectos, al
menos de modo visible, que denunciaran su calidad mística, sin que esto involucre a sus individualidades. Pero tenían
sus rituales de clan. Uno de ellos, el lector advertirá que no he hecho uso de
sus nombres ni lo haré en todo este relato, había leído a Kingsley Davis y
entendió que la cultura era el elemento distintivo de las sociedades humanas
frente a las de los insectos, y en las actas que acompañaban el contenido de
sus debates supo hacer mención a tal visión sociológica, cuando frente a un
determinado pergamino que ostentaba un saber a cierto aspirante, creyó oportuno
reconocer esa diferencia.
Su compenetración a las labores
de análisis de títulos era total. Algunos llegaron a pasar días enteros
dilucidando la pertinencia de ese parte testimonial que acreditaba
conocimientos y sus alcances en cuanto a las ramas de la ciencia que podían
abarcar. Hay quienes ponen en duda esta devoción administrativa.
Dicen, y esto es también objeto
de fuertes dudas, que un comisionado permaneció en las instalaciones encerrado
un fin de semana largo, tomando solo agua y comiendo unas escasas galletas de arroz, para completar su
estudio y emitir dictamen sobre un
complejo título.
Alguien a quien se conocía como
un autor plástico de renombre en ciertos ambientes, no voy a revelar tampoco su
identidad aunque pueda mi omisión quitar méritos a la obra, hizo un cuadro de
amplias dimensiones donde los comisionados estaban expuestos con sus rasgos más
salientes. La obra fue expuesta en el salón de trabajo durante años. Pero
después de ese prudente tiempo, no fue hallada ni siquiera registrada en los
inventarios*.
Su método de trabajo era similar
al de los glosadores del derecho Romano de la Universidad de Bologna de la cual
Gino de Pistoía, amigo del Dante e inspirador de algún personaje de la Divina
Comedia, fue uno de sus mentores y más destacados miembros. Glosar al margen de
los Digestos que contenía los
antecedentes de títulos era su forma de trabajo más corriente.
Esto era con lápiz, el uso de
birome estaba totalmente prohibido. Una Síntesis secular del tema fue expresada
por uno de ellos, que tenía un alto sentimiento laico, pues de igual modo que
los glosadores de Bologna, no hacía lugar a ninguna pretensión de perspectiva
canónica o eclesiástica en las interpretaciones de los gruesos pergaminos que
estaban a su merced para analizar. El debate quedó reflejado en el Acta 283
cuya fecha aparecía incompleta por estar ajada y húmeda la página representada
en el folio Ochocientos veinte, pero que reconstituida y observada bajo una
poderosa lupa que estaba a disposición de todos, dejaba ver que su fecha era
miércoles 27 de abril….. NdA: (nunca se pudo estipular el año), y que hacía
mención al debate entre varios miembros de la Comisión sobre la forma en que
iba a tratarse el trabajo sobre el Digesto.
Una postura, un tanto cercana a la
visión romántica religiosa moralista de Guittone del Viva, quien fue adherente al conceptismo
enigmático literario en su adhesión al trovar clus, fomentaba
que la perennidad de la glosa requería un recurso estilográfico difícil de
percudir, por lo que la extraordinaria invención de Biro, era una excelente
forma de establecer tal perennidad. Esta
postura tenía rasgos de hermetismo filosofal.
Indicaba que lo trascendente, en
esto iba la implicancia religiosa, que resultaba glosar los Digestos debía
quedar reflejada de modo indeleble. La alteración de cualquier signo por mínima
que fuera, iba a deformar la tarea encomendada, pues los comisionados eran
personas que daban trascendencia a los saberes universalmente aceptados. Asimismo era partidaria la expositora, al
revelar su género no hago aproximación alguna a su identidad particular, en
efectuar subrayado en tinta de los textos resonantes que definían la glosa, pues
tales remarcaciones serían de utilidad al momento de que los futuros analistas
de los títulos, heredaran las idea madre que había concebido dar validez o no,
a los mismos.
La otra postura era absolutamente
laica, e iba de alguna manera relacionada con el objetivo saliente de la
Comisión, que era evitar toda
intromisión de aspectos que valoraran la teocracia y el misticismo y que
estableciera un orden divino a la materia en análisis. Por ello, consagraba el
aspecto laico de la función de los comisionados, era contraria en principio a
todo subrayado y a dejar marcas indelebles en los textos. Toda mención debía
glosarse en nota marginal al texto que fuere en lápiz negro con el aditamento
de la fecha con dos dígitos para cada entidad de días, meses y años. Se basaba
en la idea que dejar marcas indelebles era una forma de condicionar a los
futuros comisionados. Esta postura parecía ser la idea de alguien que no
deseaba trascendencia alguna en sus labores, llegando incluso a pretender que
cada comisionado tuviera un símbolo con el cual destacar su intervención, sin
que figurara de modo alguno su nombre explícitamente indicado.
Este debate fue arduo. Fue tal
vez, y esto es una deducción personal, una de las pocas ocasiones en que el
plano místico intento asomar su supuesta inocencia religiosa en la Comisión.
Prosperó no sólo la segunda
postura sino que cada integrante debía escoger un seudónimo para dejar
constancia de su intervención, agotando de ese modo la perversa manía del
personalismo acendrado que padecían los que impulsados por un sentimiento de
trascendencia a su gestión querían incluir en las funciones de la Comisión.
También se declaró la necesidad
de quitar los crucifijos y las leyendas que en las carteleras aludieran a un
poder ajeno al que la las leyes de los hombres intentaban imponer en la
Sociedad. Expresiones infantiles como “Sonríe. Dios te Ama” ó “Toda obra es
para El Señor”, debieron ser retiradas por quienes las habían puesto. En uno de
los baños apareció escrita en birome, lo cual delataba cierto origen y autoría,
una expresión que se le atribuía a la Madre Teresa de Calcuta. “Al final todo
es y será entre tú y Dios. Nunca fue entre tú y ellos”. Nadie cuestionó tal
forma de expresión pero la misma fue borrada en los días posteriores.
Solo se permitían algunas
expresiones menores, es decir, cierta fraseología algo pagana, en la cual el
Estado se convertía en el Creador de todo lo existente. Incluso denostaban a
Hans Kelsen quien creía que habría sido un usurpador quien dictó la primera Constitución
a la cual ubicaba en la cima de la pirámide jurídica había que respetar y desde
la cual en su consecuencia se dictaban las siguientes normas inferiores.
Entendían que el Estado Benefactor era formado por un individuo benefactor. Tal
posición era inefable. Tanto como lo era el Estado, concebido como un dios del más elemental paganismo. Esta
postura estaba cimentada en la pragmática esencia de su propio sustento. Puesto
que era el Estado más allá de los funcionarios de turno, quien mantenía sus hogares
con sueldos no suntuarios pero si holgados.
¡Me entrego a quien me da de
comer!!! Podría ser la canina mirada de aquellos que estaban enrolados en la
postura triunfante.
Fueron de esa forma, generando
sus propias defensas frente al mundo que los envolvía. Apagadas las luces de la fe, y cerradas las
ventanas por las que Dios mira las almas, tal como el gran poeta ciego dice
sobre “Un Patio”, se generó un oscuro
apagón de toda luminaria que engrandeciera su obra, ésta fue pereciendo y
haciéndose gris. Las horas pasaban como simples conteos y las glosas denotaban
una pérdida de toda búsqueda de propósitos trascendentes a su tarea.
Los aspirantes dejaron de llevar
sus títulos en parte porque no creían en los comisionados pero por encima de
tal catástrofe a sus principios funcionales, el “círculo” se fue haciendo
hermético. Los que estaban dentro no querían ingresos y los que estaban fuera
se despojaban del deseo de ingresar.
Dicen los analistas de los
filósofos sobre el principio de razón suficiente, o debería aclarar que Pérez Gómez dice, que Leibniz sustenta su
pensar enrolado en el racionalismo en dos principios esgrimidos en sus
escritos, tanto en Théodicée como en su Monadología,: que el orden
existente en el mundo es una «armonía preestablecida por Dios» y la libertad aparente del hombre es
una acción inmanente de las mónadas.
Los comisionados cayeron en la
vertiginosa grieta que separa lo físico de lo metafísico. Estuvieron fuera del
mundo irreal pero ciertamente existente en la composición humana que es la fe y
sus efectos sobre las personas y cosas. No creyeron en las mónadas de Leibniz
como instrumentos que dan razón y fuerza a las cosas.
Enmohecidos y anquilosados sus cuerpos y
sus espíritus, llegaron una mañana a su sede administrativa y encontraron una
Resolución pegada en la puerta. La misma estaba firmada por un ignoto nuevo funcionario
de la nueva gestión del nuevo gobierno de un prometido nuevo país. La Comisión de Títulos había sido
disuelta y sus miembros debían retornar a sus puestos originarios en apagados
contextos académicos. Se abrazaron todos con todos. Se dijeron frases de rigor.
Alguno intento convocar a un encuentro mensual. Pero nada quedó de todo eso. Su
salón fue ocupado por una feria americana y algunos de sus textos aparecieron
mezclados con distintos desperdicios en dos contenedores en la esquina de la
Avenida Paseo Colón y Brasil. Enfrente está el vistoso parque Lezama. Y por la
calle Brasil una peculiar edificación que es sede de una Iglesia Ortodoxa
cristiana. En su pared externa, en la
parte inferior bajo la reja, se podía leer en ese entonces una frase en francés
que he procedido a traducir, a la que no me atrevo a darle pertenencia bíblica
pero que podría tenerla: “Dios provee todo aquello en lo que los hombres
fallan.”(Dieu fournit tout dans lequel les hommes
échouent)
*El cuadro apareció muchos años después
del cierre de las oficinas en una casa de antigüedades en una galería de la
calle Defensa antes de llegar a Independencia y pude adquirirlo.
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