domingo, 25 de junio de 2017

   


TOWER HAMLETS.

                                                      Era una costumbre propia de cada sábado, durante  mi forzada estadía en Londres,  ir a sentarme bajo la piadosa sombra de los árboles del cementerio local  de Tower Hamlets. Su paz natural, su notable foresta, su aspecto de campiña inglesa, me permitían fluir en medio de ánimas y entes fantasmales, que hacían de curiosos anfitriones de la llegada de los mortales, entre los que era yo un asiduo y por ende conocido concurrente. Solía llevar un libro de Chesterton al que leía con devoción sus  tan bien armados relatos sobre el curioso personaje del Padre Brown. The little priest was the very essence of those Eastern plains; It had a round, dull face like a Norfolk fritter; His eyes were as empty as the North Sea, and he carried several packets of brown paper that he could not keep together. "The Blue Cross.(1)  (N. del T: El pequeño sacerdote era la esencia misma de aquellas llanuras Orientales; tenía una cara redonda y embotada como un buñuelo de Norfolk; tenía unos ojos tan vacíos como el Mar del Norte, y llevaba   varios paquetes de papel de estraza que no conseguía mantener juntos.” )
Entrecerraba los ojos y pensaba en ese hombre de considerable altura y más considerable talento,  jovialidad y buen ánimo, e imaginaba que debía  deambular entre las tumbas de ese campo santo. MI obligada  permanencia en Londres, a esa altura, era cuestión de días. Mi labor estaba casi concluida y solo debía esperar que los correctores de mi obra, concluyeran sus observaciones y yo pudiera corregir el texto y entregarlo para que el contrato estuviera cumplido. Sin esa parte, el sinalagma no se habría satisfecho y yo no hubiera cobrado mis emolumentos.  Era imprescindiblemente  necesaria  mi partida de esa urbe, a la que Borges llamó "laberinto roto", para ir a dar una charla a la esplendorosa y tradicional Lisboa, ciudad a la que había sido invitado con anticipación por mi querido editor y amigo Felipe Guimaraes da Costa, hombre de letras, muy prudente y sabio, seguidor de Saramago y con quien teníamos fuertes debates sobre su obra, entre otros el renombrado  Ensayo sobre la ceguera, obra que a mi gusto, poco podía compararse en calidad con el Informe sobre ciegos de Sábato. Fue entonces cuando ella apareció. Iba suave y liviana sobre un césped escandalosamente verde. Pensé que podía tratarse de un espectro, sus rasgos tenues, su blanca palidez, su inspirado perfil intelectual, cierto ensimismamiento en su andar, una blusa con lunares azules y un pantalón claro, le daba un aspecto de ángel perdido en la mañana londinense. Una especie de Diosa Isis buscando el cuerpo de su esposo en ese terreno que no era el Egipto antiguo pero que por momentos lo parecía. Hay un momento en que se produce en un hombre la sensación que es una determinada mujer y no otra la que podría inspirarle sus mejores sueños....Ese era el momento y esa era la mujer a la que uno podría esperar cien años si fuera propicio para un encuentro. Seguí con mi mirada sus pasos. Pensé de modo desordenado como debería llamarse, intenté varios nombres,  desde los castos nombres de mujer de la era victoriana, a los de las  rebeldes mujeres inglesas tales como Virginia Hall, que fue espía en la guerra o Susan Travers, otra heroína moderna. Supuse que podía ser una bella rebelde inglesa tradicional como la desnudista lady Godiva del siglo XI.
Su exótica belleza así la demarcaba con un aura exageradamente visible en ese infrecuente espacio de distensión.
Una mañana de sábado, en medio de un cementerio parque, había encontrado a una mujer que era un modelo que podía incentivar sin límites mi creatividad. Ella se detuvo frente  a un monolito pétreo, fue como si acariciara esas letras que denunciaban el nombre de quien yacía bajo su duro epitafio. Me llamó la atención las dos veces que recorrió con sus dedos finos, blancos, alargados, la letra E del nombre  de la difunta inscripto en la piedra. El nombre estaba diseñado en caracteres góticos. El año del deceso,  tímidamente partido en su último número,  era 1963. A veces, los muertos hablan. No sé de qué forma, no sé qué secreto modo tienen para comunicarse, pero hablan con quienes ellos eligen hacerlo. Ella, era una elegida. Su forma de acariciar las letras de la lápida, fue una forma de llamar a quien buscaba. En su rostro se dibujo “algo”. “Algo” incierto, digamos que una mueca parecida a una sonrisa surgió de sus labios. De manera inesperada un pájaro negro se posó sobre la tumba. Todo comenzó a fluir como si fuera un sueño. De manera lenta el paisaje fue apagándose, haciéndose de más a menos, difuso, de verde a gris, la lente de mis ojos solo podía seguir a esa Mujer y a sus movimientos. El pájaro cantó con enorme suavidad, y con su pequeño pico golpeó dos veces sobre la piedra dura y cansada de lluvia y sol.
………………En todo momento de una secuencia o dentro un relato hay un punto, una aproximación interior, que nos emociona interiormente en mayor grado que a los demás. Ese era mi momento. Pude ver, de manera inverosímil, como una mujer, mayor, de pelo canoso, bien presentada, de porte muy anglosajón, se plantaba frente a ella demostrando no solo un conocimiento previo sino una gran alegría por el encuentro………….
Todo recaía en una inconclusa y morosa mañana en una entre dormida vigilia de esa primavera londinense. Era un encuentro pactado con alguien del más allá. Me descubrí espontáneamente de pie. Mi libro se desprendió de mi mano. No era temor. Juro que no era miedo. Era un éxtasis. Un estado similar al de acabar de nacer de nuevo. Encontrarme en ese mundo de los muertos, estar desnudo en la contemplación del infinito de los tiempos. Una vez, escuchando de manera absolutamente concentrada  el cuarto movimiento de la pieza Der Tod und das Mädchen, en inglésDeath and the Maiden (2) (N. del T.: La doncella y la muerte. Schubert, Franz - String Quartet No. 14 in D minor, D. 810 4to. Mov.[Death and the Maiden]), de Franz Schubert, tuve la misma sensación. Fue durante las exequias de mi tío George quien había dispuesto en su testamento, e incluso como se había informado en su obituario, sonara esa pieza  musical en el momento del cierre del ataúd para su destino final. Sentí que esa música, que representaba su esfuerzo por salvar la vida de su  joven mujer que había fallecido años atrás, nos unía fraternalmente a los presentes y que era más que una despedida,  un reencuentro de todos con ambos cónyuges difuntos, pactado vaya a saber dónde o  cuando. Antes de ese evento, una noche de un viernes de junio de 1969, con mi hermano mayor, en una casa de altos, con una cúpula negra, en la calle José Luis Cantilo, en Villa Devoto, cercana a la vieja  estación, visitamos un “médium”.
Era un hombre que en las Medianoches concertaba esos encuentros. Tal era su profesión o su don. Mi hermano era un científico muy serio y respetado, y debo decir que aunque esto pueda quitarle algún brillo a su trayectoria en el mundo de la ciencia, él creía profundamente en esos encuentros. Yo solo atiné a decirle _ ¡¡Esto es  macabro!! Pero no quiero hablar de eso, porque de todos modos lo acompañé haciendo frente de manera dudosa, a mi propio miedo. El espectáculo fue inconcebible. Los muertos desfilaban en una serie indeterminada de individuos, siendo que el “llamador”, tenía una vela enorme encendida y guiaba la procesión. Durante varias noches no dormí. Un simple ruido perdido en la madrugada me sobresaltaba. En otra ocasión mi Padre nos llevó al entierro de un Agente del Decreto que había muerto en un enfrentamiento. Mientras la pompa fúnebre se desarrollaba en el atrio de la capilla policial, mi hermano conversaba  animadamente con un joven de pelo cortado al ras en un ala lateral de la galería donde una marcha propicia para la ocasión, retumbaba cadenciosa y llanamente. Me importunó y estaba seguro que papá iba a reprenderlo si lo veía. Le hice señas y no parecía darse por enterado. Solo al retirar el féretro con el cuerpo del ámbito del responso, mi hermano se despidió del joven y volvió a la ceremonia y más que  exaltado dijo: _ ¡Él está bien. Incluso ya se despidió de sus familiares. Lamenta no haber vivido más para ver crecer a su nena de dos meses, pero las cosas han sido así!  Mi Padre ni siquiera tomó como una irreverencia esas expresiones. Yo sí. Pero ahora estaba a muchos años de aquel suceso acaecido en mi infancia. Ni mi hermano mayor ni mi Padre vivían. Las sensaciones parecían mezclarse, aquellas situaciones tan complejas, me llevaron a comprender que había un mundo que estaba más allá de lo físico. Un mundo metafísico.
Una lápida frente  a un inmenso Portal contenía un inequívoco concepto de ese mundo lateral. Recordaba a Aristóteles en su abstracta idea de la totalidad y en su vano intento de  definir lo inalcanzable matemáticamente. 
Infinity is either what can not be traversed because its nature does not allow it,  just as the voice is invisible, or else what can only be traversed incompletely, or can hardly be, or what can not be Limited by its nature. Metaphysics. Aristotle. (3)  (N. del T:  Infinito es o bien lo que no puede ser recorrido porque su naturaleza no lo permite, del mismo modo que la voz es invisible, o bien lo que sólo puede ser recorrido de manera incompleta, o que apenas puede serlo, o lo que no puede ser recorrido ni limitado aunque por su naturaleza pudiera serlo. )
Como mi visión se centró en la escena del encuentro y perdí  de vista la periferia, no pude observar la cantidad de gente que se acercaba  en un nutrido  grupo de turistas que iniciaba su paseo por el Tower. La Chica, observó esa  escena y apuró la despedida. Yo volví a recoger mi libro. No pude establecer a que se debió que las letras de la tapa se habían vuelto caracteres góticos como los de la lápida. Tampoco pude entender porque las cuatro  letras E del nombre y apellido del autor Gilbert Keith Chesterton, habían tomado relieve. Me recosté a dormitar sobre el tronco del árbol. Creí sentir que una saliva densa y blancuzca iba escurriéndose  por la comisura de mi labio derecho. 
Alguien acarició mi cabello. Borrosamente la  vi. Era ella. Con su camisa a lunares azules. Con su blanca palidez, con esa sonrisa de amor soleada, con su cintura de plástico y su pelo negro inmenso como la noche mil de los cuentos de las Mil y Una Noches. Era ella. Que hablaba con el timbre de voz similar al canto del pájaro negro que golpeaba la piedra del muro con su pico afilado. Era ella. Fugaz y transparente como agua sobre agua salpicándose a sí misma. Era ella.
Me dijo  con una inabarcable sabiduría: _¡All things must pass.!
Apenas pude, de modo balbuceante, responder _¡ Nothing escapes the plan of God, which is nothing other than Time flowing through infinite rails, as is Time itself that encloses our finite and material flesh!. . (4)( _ ¡Todo debe suceder. !  / _ ¡Nada escapa al plan de Dios, que no es otra cosa que el Tiempo fluyendo por rieles infinitos, como es el Tiempo mismo que encierra nuestra carne finita y material.!)
 Tal vez fue una percepción pero el tiempo se detuvo un instante, pero si hablo de un “instante”, que no es otra cosa que un espacio de tiempo, nada pudo haberse detenido. El tiempo y su transcurrir son siempre una sensación de la conciencia y al mismo tiempo una realidad que nos abarca y domina y está más allá de nuestra comprensión.
Quise besarla de modo tierno y ardiente a la vez. Supe que si estaba ahí, en un cementerio inglés, era porque la habría esperado cien años para amarla.  Me hizo un gesto, miré detrás de mí. Una lápida blanca con musgo adherido en sus bordes, delataba su nombre de indudable origen latino. La foto en blanco y negro de su rostro bellísimo, con su sonrisa perfecta, intentaba adornar el sepulcro. Seguía   una  frase  curiosamente  conocida por ser mi lectura favoritaThought of a labyrinth of labyrinths, in a winding labyrinth that Would embrace the past and the future and would involve the stars in some way. Absorbed in these illusory images, I forgot my fate of being persecuted. Me I felt, for an indeterminate time, abstract perceiver of the world.” The Garden of Forking Paths, (5) (N.del T. Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. Absorto en esas ilusorias imágenes, olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. )
Finalmente la había encontrado. Ella representaba en datos que estaban más allá de la física, la mecánica inverosímil del infinito. La imprecisa ficción que consiste en someter a las cosas a un suceder constante, se había tornado alcanzable para mis sentidos. Y entonces me quebré en millones de lágrimas errantes como cometas que arrasaban mis ojos, mis mejillas y mi cuerpo con bestial dolor. Había encontrado el secreto buscado por todos los hombres durante todos los siglos. Había perforado el piso del conocimiento y se había abierto el techo de la bóveda celeste, área del cosmos en la que Dios prestidigitaba nuestro destino. Había alcanzado a la hora cero del ser, del amor, del dolor, de la vida, de la muerte y de todas las cosas y no cosas  concentradas en ese  espacio sin tiempo, sin palabras, sin Creador, que es el inconmensurable objeto de estudio de la Cosmogonía: El segundo previo a que se originara el Universo y se produjera  el “Big bang” que lo inició en abierta expansión.
Me dejé sumergir en el líquido amniótico de su vientre como quien vuelve a ser gestado. Dios hace cosas misteriosas. Ahora ella y Yo, con un nuevo epitafio, vivimos nuestra preciosa y metafísica eternidad en nuestro Tower Hamlets.-
TRADUCCIÓN Y FUENTE DE LOS FRAGMENTOS : 
(1) El pequeño sacerdote era la esencia misma de aquellas llanuras Orientales; tenía una cara redonda y embotada como un buñuelo de Norfolk; tenía unos ojos tan vacíos como el Mar del Norte, y llevaba   varios paquetes de papel de estraza que no conseguía mantener juntos.” La Cruz Azul. Chesterton.
(2) La doncella y la muerte. Schubert, Franz - String Quartet No. 14 in D minor, D. 810 [Death and the Maiden]
(3) Infinito es o bien lo que no puede ser recorrido porque su naturaleza no lo permite, del mismo modo que la voz es invisible, o bien lo que sólo puede ser recorrido de manera incompleta, o que apenas puede serlo, o lo que no puede ser recorrido ni limitado aunque por su naturaleza pudiera serlo. Metafísica. Aristóteles.
(4) _Todo debe suceder. / _Nada escapa al plan de Dios, que no es otra cosa que el Tiempo fluyendo por rieles infinitos, como es el Tiempo mismo que encierra nuestra carne finita y material. Diálogo del cuento Tower Hamlets.

(5) Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. Absorto en esas ilusorias imágenes, olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El jardín de los senderos que se bifurcan.” J.L. Borges.    

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